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jueves, 18 de marzo de 2021

Peláez, un hombre sabio.

 


Yo, la verdad, creí que Hernán Peláez era agua pasada después de La Luciernaga. Ni el podcast con Gardeazabal, ni su colaboración con Vicky Dávila en los mediodías de la W pegaron. Igual podía retirarse si se le daba la gana. Lo había hecho todo: mundiales de fútbol, mesas de análisis, dirigir el programa radial más escuchado de la radio colombiana, ser el colombiano que sabe más de historia del fútbol y del bolero. Pero tenía ganas de seguir y, con esas ganas de cambiar de piel, decidió asociarse con Martin de Francisco, Julio Sánchez le dio toda la libertad y echó pa’lante.

Martín quería tener un espacio con música más diversa. A Peláez le parecía que lo mejor era sacar su lado radical de metacho duro y darle la dimensión que siempre ha tenido de iconoclasta irredento. No se equivocó. Los hombres sabios nunca se equivocan. Hoy la conversación de este par de amigos tan diferentes domina la radio nacional. Y eso que no creíamos en ella. Al principio todo era un desastre, no engranaban. Hernán sabía lo que hacía.

Voy en un Transmilenio atestado de virus y sudor. Bogotá se ve entre los resquicios de una ventana empañada:  la capa de lluvia perpetua la sigue cubriendo. Hace frío y los cigarrillos están lejos. Lo único que me tranquiliza y me quita la desazón mortal son los audífonos dejando salir la voz de Hernán, el maestro, hablando sobre la tarde en la que el Charro Moreno, con 45 años, se quitó el traje de entrenador y se puso la camiseta del Deportivo Independiente Medellín y remontó, él sólo, un partido, o los tragos de whisky que Lev Yashin se tomó de más en el entretiempo en Arica y que permitió la histórica remontada de Colombia contra la URSS en el mundial del 62. Jorge Luis Pinto poniendo al Búfalo de San Luis a arrastrar por la pista atlética del Campín una carretilla llena de cemento para que ganara más potencia Además está la música, las anécdotas sobre Tito Rodríguez y su temprana partida, la muerte de Roberto Ledesma bajo un puente en Caracas, el poderío casi metálico de los viejos corridos mexicanos. ¿Qué no sabe Funes el memorioso? Entonces, casi sin sentirlo, como si me teletransportara puedo llegar a Héroes y sentir que, a pesar del olor, la altura y del maldito frío, Bogotá no es un error histórico.

A Peláez hay que homenajearlo en vida. Hay que tratarlo como una joya. Julio Sánchez Cristo creció con maestros, su papá, Otto, Plata Camacho, él sabe de la importancia tribal de ser el más viejo del dial y por eso le dio carta blanca al Doctor para volver a ser él, lanzando los dardos más venenosos a quien se le da la gana, hasta se han metido con el hombre más poderoso de este país, Luis Carlos Sarmiento Angulo y la cuerda es larga y sobre ella ponemos las serpentinas y armamos la fiesta, la dirige Hernán, a quien queremos frente a un micrófono hasta que nos vayamos de esta tierra. Hasta una agonía se resiste mejor escuchando la voz tranquila, de hombre sabio, de Hernán Peláez.


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